Si sortea las elecciones, el gobierno dividirá Buenos Aires y La Matanza
Si Macrì sortea airoso las elecciones de octubre, planea dividir la provincia de Buenos Aires y el municipio de La Matanza. Lo justificará en razones de mejor administración de esos monstruos demográficos. Ni la Constitución ni el sistema organizativo fueron pensados para una provincia de 16 millones de habitantes y un municipio de dos millones, sostiene. Pero detrás de esta racionalización subyacen propósitos económicos y electorales y vuelve a asomar el fantasma de la dolarización.
Abocada de lleno a la campaña electoral, la Alianza Cambiemos no pierde de vista objetivos de largo plazo, para los que una victoria en octubre es requisito ineludible. Los planes que estudia el gobierno incluyen la tupamacarización de la provincia de Buenos Aires y del municipio de La Matanza, los más poblados del país. Los argumentos con que se defenderá la idea frente a las objeciones de la oposición peronista son los de la difícil gobernabilidad de esos mega agrupamientos humanos y una reflexión histórica sobre un sistema político y una Constitución Nacional que no fueron pensados para una provincia de 16 millones de habitantes y un municipio de casi dos millones, que en realidad corresponden a la escala de un país y de una provincia, respectivamente.
La regionalización no es una idea nueva. No ha habido gobierno que no haya impulsado alguna forma de reordenamiento según distintos parámetros, a partir de la descripción de la Argentina como un enano con cabeza de gigante que frecuentó las polémicas de Sarmiento y Alberdi. La Constitución de 1994 estableció como facultad de las provincias la creación de regiones para el desarrollo económico y social y la celebración de convenios internacionales “en tanto no sean incompatibles con la política exterior de la Nación”. También es un mandato de la UNASUR. Pero esas regiones no implican la partición de las actuales provincias, una idea que sí se discutió en los finales de la convertibilidad, bajo las sucesivas presidencias de Carlos Menem y Fernando De la Rúa. Esa discusión se dio al mismo tiempo que la dura batalla por la conducción de la salida de la convertibilidad, entre quienes postulaban la megadevaluación que terminó imponiéndose en 2002 y aquellos que defendían la completa dolarización de la economía. Esas discusiones vuelven a animarse ahora, y no por casualidad. Esto ocurre cuando las alucinantes cifras del endeudamiento externo contraído en apenas un año y medio del gobierno de Maurizio Macrì dibujan en el horizonte un ominoso signo de interrogación sobre la sustentabilidad del esquema de financiar gastos corrientes con la emisión de deuda interna y externa.
Horacio Verbitsky
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